sábado, 29 de marzo de 2014

Microrelatos basados en la confianza y la afectividad. Homenaje a Albert Jovell #6cronico #1activos



LOS MËDICOS TAMBIÉN PODEMOS SER PACIENTES

Recuerdo que las mangas le quedaban grandes y arrastraba la bata por toda la habitación, como si fuera la sábana de un fantasma de seis años. Como fonendo usaba un vaso de Yoplait de fresa. Se ponía muy serio y decía:- “Descúbrase el pecho y diga treinta y tres. A ver: tosa. Otra vez…Esto no suena bien. Esa tos no me gusta nada… hummm. Tendré que recetarle pastillas de regaliz”. 

Y así pasaba las horas muertas jugando con su Madelman de paciente improvisado. Siempre quiso ser médico y sin embargo nunca pasó de enfermo toda su vida. Y ése fue su mejor papel…

UN PORTERO PARA MI EQUIPO


Nací con una enfermedad rara en la piel de las manos. No recuerdo desde cuando empecé a frecuentar las consultas de dermatología. Creo que cuando tuve uso de razón ya era enfermo crónico. 

En la sala de espera siempre había una luz mortecina y unos nueve pacientes cuando yo llegaba de la mano de  mi padre. Él me decía que íbamos a formar un equipo de fútbol. Pero yo replicaba: “pues nos falta el portero papá, porque los equipos tienen diez jugadores y un portero”. 

El médico que me veía siempre era una persona cercana y afable. Me exploraba las lesiones con delicadeza y minuciosidad. A veces me hacía una foto de las manos y al final me daba una piruleta. Con el tiempo, su sonrisa bonachona lo fue convirtiendo en un rostro familiar para aquel niño enfermizo que era yo a los siete años. Me fui acostumbrando a la sala de espera de la consulta, al equipo de fútbol incompleto que formábamos todos los pacientes que la habitábamos y a las piruletas del Dr. Gómez-Cuervo.

Pero pasó el tiempo y las citas se fueron espaciando. Y el médico se jubiló, o algo parecido, porque no volvió a frecuentar la consulta. Su lugar lo ocupó una doctora joven que siempre andaba con prisas y no regalaba dulces a los niños. Mi padre me acabó confesando que no íbamos a formar ningún equipo. Aquello me decepcionó un poco. Y un día, sin saber por qué, dejé de echar de menos las piruletas. Supongo que crecí…

La semana pasada volví a tener cita con el dermatólogo. Había un grupo de extraños. Coincidentes habituales en la sala de espera de la consulta. Pero también alguien nuevo. Un señor mayor, un tanto decrépito. Me costó reconocerlo, pero vi en sus ojos sombríos la misma mirada bonachona del médico que me trataba de niño. Miré sus manos y se parecían a las mías, porque eran dignas de una foto, por lo deterioradas que estaban. Ahora ya no era mi médico, tan sólo un paciente más. Me senté a su lado y saqué una piruleta del bolsillo y se la di. Él, al reconocer mis manos, me miró a los ojos. Entonces comprendí que mi padre se equivocaba, porque ahora sí teníamos un portero y éramos un equipo.


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